Estamos seguramente acostumbrados a esos nervios previos a una carrera. Algunos compañeros lo sufren desde los días previos a una competición, otros desde la noche de antes, otros la misma mañana y otros solo en los prolegómenos de la salida. En un principio es un mecanismo normal, adaptativo, que nos permite movilizar y canalizar energía para responder de la mejor forma al reto, y no necesariamente es algo negativo. Creo que no os descubro nada nuevo y es tema manido en revistas para runners; pero, seguramente, muchos desconozcáis de qué depende, qué modalidades de respuesta la componen, cuándo deja de ser adaptativo y nos resta rendimiento y sobre todo… ¿estáis seguros que sólo ocurre en el contexto de la pre-competición y no en los entrenamientos o durante la misma competición? ¿Que es una causa por la cual algunas personas abandonan o pueden abandonar correr? ¿Que puede ser un elemento fundamental para que un compañero con capacidad para el grupo A corra en el B y que otro del E, de repente, se ponga a la cola cuando ha realizado el 90% de la sesión sin dificultades? O… ¿por qué un compañero que entrena peor que tú, sistemáticamente, queda delante de ti en todas las carreras?
A lo largo del día todos pasamos por diferentes estados de activación, en la psicología lo llamamos arousal. Comprendería desde el sueño a la agitación. Se define un estado mental o cognitivo, otro organísmico o fisiológico y uno motor o conductual . La interacción o mezcla de los tres darán respuesta a una situación que vamos a resolver, incluido, como no, participar en una carrera o realizar un entrenamiento.
Hay un nivel de activación óptimo para rendir en cada actividad, sea sencilla o exigente y se verá influido por nuestra personalidad, la evaluación de la situación y la percepción de preparación para resolverla. Si la actividad es sencilla, como un rodaje, no tenemos problema, pero si se trata de un entrenamiento exigente o una competición lo podemos vivir como un reto y éste genera una respuesta de estrés, un cambio en el nivel de activación para afrontarlo con éxito. Es necesario y adaptativo, si estamos muy poco activados nos sentiríamos, apagados, lentos, sin chispa y desmotivados, no rendiríamos; pero si esta activación elevada es prolongada, comienza con demasiada antelación o irrumpe con demasiada intensidad, puede vivirse como aversivo o poco placentero. Comenzará a consumir recursos energéticos y metabólicos, dificultando incluso el descanso, con lo cual ya no podríamos dar nuestro máximo.
Si pasa con asiduidad, es el nicho ideal para que generemos ideas negativas sobre nuestro desempeño, miedo a no hacerlo bien, a sentirnos evaluados, y esto nos activa más y adelanta el comienzo del estado de activación y se forja un desequilibrio en nuestra expectativa de disfrutar.
Cuando finalmente la marca, o nuestro resultado en la carrera, no es malo, pese a no haber llegado a las expectativas, o capacidades objetivas, nuestra motivación y autoestima no sufre demasiado, seguimos sintiéndonos competentes y pensamos que todo es un proceso necesario para mejorar; pero cuando no es así, el placer intrínseco de la actividad física de correr, de la estupenda convivencia con los compañeros, comienza a pasar a un segundo plano y pierde el papel lúdico y reforzador y se convierte en una obligación que mina en última instancia nuestra autoestima.
El resultado extremo es que nos apuntamos a menos carreras o evitamos carreras pequeñas para no quedar de los últimos, que entrenemos permanentemente con un grupo en el que dominamos sobradamente los ritmos impidiendo un salto de calidad, que nos saltemos un tipo de entrenamiento que sabemos que se nos da peor, o bajemos el ritmo en el mejor entreno de nuestra vida si un entrenador se fija demasiado en nosotros, y nos jalea, seguro de que podemos dar más.
El mismo mecanismo podría aplicarse durante la misma competición cuando surge algo imprevisto, se nos desata un cordón, olvidamos activar el pulsómetro, no nos sale un parcial, nos adelanta alguien que habitualmente corre menos, etc. Esto puede elevar el estado de activación, generar un torrente de ideas negativas que nos vayan desmotivando y nos lastren el resto de la carrera.
Pero cada distancia y tipo de carrera, a su vez, demandan un nivel de activación que va a depender de la explosividad y duración de la misma. En un 100 sería normal ver a los atletas en la salida sudando copiosamente frotándose las manos, dando ligeros saltos, desentumeciendo las manos, masticando algo para que evitar la sequedad extrema de la boca, golpeándose las piernas, el pecho o la cara, gritando, y probablemente si midiéramos en nivel de glucosa en sangre o el de ciertas hormonas y neurotransmisores sería elevadísimo. Nada que ver con lo que podemos ver en una maratón o media maratón.
Por lo tanto tendríamos que prestar mucha más atención a nuestro nivel de activación, su intensidad y su latencia o duración, y en la medida que nos resulte poco adaptativo o desagradable, trabajar con técnicas de desactivación o relajación, con técnicas de control mental o bloqueo de pensamientos, de visualización para exponernos a los estímulos que vamos a encontrar en la carrera, pasando por una reestructuración de pensamientos negativos, ajustar expectativas y objetivos, o aprender a valorar nuestro esfuerzo por encima de los resultados. Pero estos temas serán objeto de futuros post.