Un billete de avión en el buzón, a su nombre, debidamente cumplimentado, con origen Madrid y destino Barcelona.
Mientras subía las escaleras de casa, desorientado, absorto, girando el sobre sin remitente, una y otra vez, una notificación en el móvil confirmaba una reserva en el Hotel San Cugat para la noche del 31 de diciembre. Pero no la vio hasta salir de la ducha y tomar su batido de proteínas, tras entrenar, ritual de cada tarde.
Intentando darle sentido y una explicación, frente al ordenador, rastreando en Iberia y Booking, aún con el albornoz, un emergente de Outlook de Championchip en el que decía “Benvingut a la 18ª edició de la Sant Silvestre Barcelonesa, justificant d’inscripció”, terminó por desbordar su dosis de perplejidad.
Tras descartar cualquier broma, tres horas después, al borde de la media noche, bloqueó su agenda de reuniones para la mañana de fin de año.
No quiso decir nada a sus amigos, ni a su familia, se inventaría un viaje de trabajo y un vuelo perdido para justificar su ausencia en las celebraciones familiares. Era una locura explicar lo que estaba ocurriendo y aún más el sentir la necesidad de experimentar aquella aventura.
Aquella mañana, ya en Barajas, nada más pasar la puerta de embarque, buscaba alguna mirada cómplice, alguna sonrisa o simplemente un abrazo de algún compañero o amigo que desvelara el origen de tanta incertidumbre. Pero en la multitud solo se observaba el nerviosismo y emotividad previa a los reencuentros de Navidad. Ni en el avión, ni en la cinta de recogida de equipajes, ni en el stand de dorsales en la Fira del corredor nadie se acercó.
Su excitación, se centró entonces en la recepción del hotel. Estaba seguro que durante el check-in tendría las respuestas a tantas preguntas, a ese cosquilleo que llevaba sintiendo desde hacía una semana. La más absoluta normalidad le causó nuevamente una enorme decepción, y tras descansar unas dos horas se encaminó a la zona salida.
Ya en el primer kilómetro las sensaciones de carrera comenzaron siendo buenas, para ya en el cuarto estar convencido de que si nada se estropeaba estaría a la altura de su mejor marca, 40:02. En el ocho la fatiga aún era soportable, robándole ya un minuto y medio al mejor de sus sueños. En línea de meta un inesperado 38:50 ya había compensado la locura del viaje.
De vuelta al hotel, tirado en la cama, dudaba si publicar en facebook y twitter su hazaña. Estaba tan contento que pensaba que todo el mundo podría perdonarle su pequeña mentira. Y justo cuando iba a publicar una foto con el dorsal un papel asomó por debajo de la puerta. Era una hoja impresa con parte de la clasificación de la carrera. Comprobó que aparecía en ella, subrayado en amarillo, y rápidamente abrió la puerta, pero no había nadie, ni nadie se alejaba en el largo pasillo. Retornó la mirada al papel y había otro nombre subrayado, dos posiciones después de la suya. En el umbral de la puerta contigua otro papel con dos nombres subrayados no tardaron en llamarle la atención, eran los mismos. Una lágrima entonces se deslizó desde su rostro al suelo. Golpeó débilmente la puerta, aún sin estar seguro de que era una buena decisión.
Se abrió y una silueta en la penumbra, silenciosa, inmóvil, tejía un silencio que amenazaba con amordazar tanto esfuerzo. Un susurro fue tomando fuerza, “¿Cómo?… después de tantos años…y así…?”. Y cogiéndole la mano, entre luces, unos labios carmesí desvelaron poco a poco el secreto al mismo tiempo que la puerta se cerraba con los dos corredores al mismo lado. “Después de dejarlo, durante el Erasmus, comencé a correr. Nunca he parado de hacerlo. Hace tres meses volví a España, leí una entrada de un blog, de un club de atletismo de Madrid, entré en sus redes sociales, y allí estabas tú, etiquetado, sonriendo, sonriéndome, un jueves tras otro.
by Nemo.