Esta última semana, junto al nombre de Laura,  un torrente de información y de opinión ha surcado periódicos, radio y televisión. Mil reacciones han brotado en los estados de diferentes aplicaciones de nuestros teléfonos móviles dando eco a convicciones y originando conversaciones entre amigos, compañeros y familiares.

El motivo, un hecho criminal , un hombre que apagaba la vida de una mujer sin más motivos que cumplir un capricho, que reducir una pulsión a conseguir algo de forma inmediata sin la posibilidad de recibir una respuesta a favor o en contra de sus deseos.

Ha dado la coincidencia de que Laura Luelmo era una mujer de nuestro tiempo, y su agresor era un hombre ajeno a las normas sociales, anclado en la misma España rancia que facilitó el primer eslabón en su carrera de delincuencia.

Ha dado la coincidencia de que Laura además de poseer talento como artista era deportista, corredora, como nosotros. Esto ha dado lugar a movilizaciones de muchos grupos runners y clubes de atletismo. En dichas concentraciones se escuchaban consignas heredadas de movimientos contra la violencia machista, consignas que exigían a la libertad de la mujer para hacer deporte, o cualquier otra cosa, en soledad, al derecho de volver sanas y salvas a casa cada día frente a hombres con piel de cordero, a no tener que ser valientes sino iguales.

Se ha aprovechado para exigir penas más duras para este tipo de delitos y alarmado para que la sociedad masculina respete y a la femenina para que se auto-proteja y luche.

Pero yo, como hombre, creo que todas estas directrices son incompletas en el caso de los hombres y peligrosas en el caso de las mujeres. No preparan y reparan al mundo masculino y cohíben la igualdad en pro de la autodefensa en la mayoría de los casos.

Creo que la sociedad está llena de micro-machismos en expresiones y macro-machismos en actitudes que por fortuna van confrontándose con una nueva realidad que los va extinguiendo. Creo que la mayoría de nosotros somos feministas sin saberlo, porque no es más que el querer y sentir la igualdad. El problema por lo tanto, a mi entender en nuestra sociedad, es explicar a los hombres en qué circunstancias y bajo qué motivaciones se pueden convertir en un agresor sexual. Está muy manido decir que una víctima de agresión sexual puede ser cualquier mujer pero, que casualidad, no se explica que un agresor sexual puede ser cualquier hombre.

Un agresor sexual puede ser circunstancial, o puntual , de forma no planificada, asociado a eventos o celebraciones excepcionales, asociado habitualmente a consumo de alcohol o drogas en el que el control de impulsos del agresor se inhibe a la par que la voluntad de la víctima.

Un agresor sexual puede ser cualquier hombre que necesita cometer un acto de poder sobre alguien, sin objetivo definido, y encuentra que por estereotipos una de las primeras posibilidades por facilidad de consumarlo es la figura de una mujer.

Un agresor sexual puede ser un hombre furioso, lleno de ira por haber sido perjudicado por alguna decisión tomada por un grupo de personas, y busca a modo de castigo acciones contra alguno de los componentes, en este caso el que se cree el elemento más frágil, en la figura de una mujer.

Un agresor sexual puede ser un hombre que busque dar un paso más a la confianza que ha invertido en el proceso de una relación o busque una compensación a su dedicación estando seguro de que la víctima disfrutará con la consumación de sus deseos y está seguro de su amor romántico a la portadora por excelencia del amor romántico, en este caso en la figura de una mujer..

Un agresor sexual puede ser cualquier hombre que disfrute del sadismo en el sexo, que tenga asociado la excitación sexual y la agresividad , sin filtros, llegando a una escalada que acabe un juego en una violación. ¿Nadie recuerda los típicos azotes de películas X, tirones de pelo y las frases tipo “vamos puta vas a disfrutar”?

Un agresor sexual puede ser cualquier hombre dentro de un conflicto étnico, bélico, de grupos o bandas como mecanismo de control hacia el otro sin que intervenga el apetito sexual ni la satisfacción de ejercer poder sobre el otro.

Reflexionando sobre todo esto, llego a la conclusión que un agresor no tiene por qué tener una personalidad extraña. Que puntualmente se busca poder, no sexo como objetivo en si mismo y que para ello se busca a la víctima más débil, en este caso la mujer por etiquetas sociales. Que normalmente están dominados por sentimientos de inferioridad y frustración vital y que no empatiza con los sentimientos de la víctima porque no puede por patología, o porque no le importa por desprecio, o porque elige no pensarlo. Los agresores por todo lo anterior tienen un déficit en anticipar las consecuencias de sus actos a nivel penal. Y lo que está claro es que salvo en un porcentaje mínimo nunca se trata de enfermos mentales.

Por lo tanto muchos delitos de agresión sexual no tienen en sí una raíz machista per se, sino una respuesta fácil y cómoda de someter al socialmente considerado “más débil”

En Club Corredores nos habéis demostrado todas que el sexo débil no son las mujeres, nos habéis hecho vibrar, disfrutar y admirar a todas vosotras por la entrega en cada entrenamiento y el rendimiento en cada competición. Nos habéis hecho presumir orgullosos de ser compañeros allá por dónde vamos.

Ese alarmismo social que se ha producido estos días da la razón a quién piensa que en esta aventura de dos la mujer es realmente la débil.

Y recordando el minuto de silencio tan peculiar que guardamos el martes, en el grupo de federados, en el que dimos una vuelta a la pista de atletismo dándonos la mano, dándonos relevos alternativamente chicas y chicos, condenando y reivindicando lo ocurrido con Laura Luelmo y la situación de la mujer, os digo:

“Gracias a todas las Lauras del mundo que salen y saldrán a hacer deporte solas sin más miedo que el pensar que no somos iguales”.

By Nemo.