Una tarde de Junio, 2016. Sonó el teléfono. Mis padres habían ido a consulta para ver los resultados de unas pruebas que le habían realizado a mi madre, se trataba de un bulto en una mama. La llamada no fue alegre. Cogí un taxi rumbo a la consulta, no podía estar lejos, tenía que estar con ellos. Lo que inicialmente era un bulto malo en una mama pronto tornó en dos, uno en cada mama. El mundo se nos puso boca abajo, gracias al cielo tenemos un seguro privado bastante bueno y pronto se activó el protocolo para operación y tratamiento. La misma noche que nos dieron la noticia salí a correr, 15 kms comiéndome todas las cuestas de Sanchinarro. Ese verano hice más deporte que en toda mi vida. Corría a diario, nadaba…necesitaba quemar todo lo que ardía dentro de mí. Llegó la operación, que salió bien y dejó a los médicos muy contentos. “Te vas a salvar” le dijeron a mi madre. A esa operación le siguió el tratamiento de radio, todos los días a la misma hora durante 3 semanas. A la radio le siguió la quimio. Mucho tiempo sentados esperando entrar a consulta, esperando la medicación, esperando esa brisa que nos diera algo de luz. Y yo le decía a mi madre “esto es como un maratón mamá”. Cuando salió del hospital operada le dije “ya vamos por el 21, vas a buen ritmo pero hay que seguir, esto es muy largo”. Cuando terminó la radio ya íbamos por el 30. Al finalizar la quimio quedaban sólo 5 kms. “Mamá, los últimos metros son los mejores, te duele todo pero es cruzar la meta y ¡boom!, felicidad máxima”. Y así fue, el último día de quimio fue esa meta, que atravesamos emocionados. Ahora estamos esperando que nos pongan la medalla, dentro de unas semanas habrá pruebas, volveremos al mismo hospital, a esa sala de espera. Pero la medalla está ahí, esperándonos.
Todo cambia con algo así. No dejé de correr, pero ya no quería saber nada de dorsales. No dejé de sonreír, pero pocas cosas me hacían gracia. Quería contagiar ilusión y compartir la visión de que por muy mal que pintaran las cosas siempre había motivos para luchar y estar contentos, pero bajo la oscuridad, metido en mi cama la incertidumbre me quitaba el sueño. Octubre fue clave, varias personas me animaron a apuntarme al Club Corredores. No las tenía todas conmigo, pero en el fondo sabía que era lo mejor que podía hacer. Llegué sin pretensiones y me encontré un grupo que me ha devuelto la vida, así, en pocas palabras. Impera la alegría, el compañerismo, la ilusión, las ganas de pasarlo bien. No hay competitividad, nadie es más que nadie. Y al segundo entreno ya me sentía como en casa. Tener cerca a Marcos y a Kyra ha sido como un orfidal en una noche de ansiedad. Y mis compañeros…no puedo describir cómo son, además de buenas personas son grandes runners, da gusto coincidir con ellos/as siempre. Contagiado por ese sentimiento decidí volver a ponerme un dorsal, un cross en San Fernando, la San Silvestre del Jarama y ayer la Media Maratón de Getafe. Volvía a sonreír corriendo, volvía a disfrutar.
Ayer en la media a partir del km 11 fue en un infierno. Un dolor en el piramidal hizo que pasara de ir a 4:38 a rozar el 5. Mi padre y yo estábamos para bajar de 1:40…y sin entrenar esa distancia. Pero no era el día. Mi padre podía haber hecho 1:39, pero decidió quedarse conmigo. Igual que hice yo con él en el Maratón de Sevilla, o igual que hemos hecho el uno por el otro en más de un 10k. Y de repente, en el 18, va mi padre y suelta “vamos Jose que esto es una mierda en comparación con lo que ha sufrido mamá”. Resultado: los últimos kilómetros salieron por debajo de 4:45 y entramos por meta en 1:42, mi mejor marca personal.
El cáncer y el running es un paralelismo. Empiezas sin saber qué tal va a ir todo cuando pases por el km 5…no sabes cómo van a responder las piernas. Y pasas por el 5 y el próximo test es saber cómo estarás en el 10. Mi madre ha hecho un maratón digno de enseñarse en las universidades, un ejemplo de lucha y entrega, no poder con más cuestas y seguir subiéndolas porque era, sencillamente, lo que había que hacer. Y al lado su familia. Mi padre cogiéndole el agua para que no perdiera el ritmo. Yo haciendo de liebre los kilómetros pesados. Palabras de ánimo, geles…nadie deja a nadie, o entramos todos o ninguno. O hacemos marca todos o se acaba la carrera. Estoy muy orgulloso de mis padres, mi madre es una jabata que ha corrido un maratón que no entraba en los planes de nadie y ha hecho sub 3:30. Mi padre ha tenido que hacer de liebre en una carrera que no le llamaba para nada y no era su distancia, pero ahí ha estado, portando los geles, el réflex, llevando el ritmo…
El Club Corredores ha sido una alegría, ha aparecido en el momento justo, cuando más cariño necesitaba, cuando mi cuerpo demandaba entrenar, cuando mi mente necesitaba retos para no desplomarse. He pasado de no querer ver un dorsal a querer comerme el mundo. Y voy los martes más feliz que nadie, y sufro, aprieto los dientes…pero también me rio, me siento parte de algo grande, tengo un sentimiento de pertenencia muy profundo. Una camiseta azul es sólo eso, una camiseta azul, pero todos los que forman parte de ese color son los que han hecho que hoy afronte las carreras con hambre y con ganas de disfrutar. Porque no todas las carreras nos apetecen pero siempre hay alguien que nos necesita de liebre, y dan igual 5 kms que 200…es donde tienes que estar, y punto.
A mis padres, amigos (que son siete pero no los hay mejores) y a todos mis compañeros/as del Club Corredores. Todos vosotros corréis a mi lado.
By José Noblejas.