A lo largo de toda nuestra vida deportiva, o a lo largo de toda una temporada, es habitual que  nuestro cuerpo sufra una o varias  lesiones. Las causas son diversas, y dependerán de muchos factores.  Unos más controlables y otros totalmente incontrolables.

Generalizando, los compañeros que se inician estarán más expuestos a lesiones por falta de dominio corporal, por recursos deficientes en adaptaciones a las cargas, falta de variedad de ejercicios de estiramiento o fortalecimiento,  falta de discriminación en avisos corporales al esfuerzo máximo,  deficiente  técnica o economía de carrera, falta de descanso o discontinuidad excesiva en los entrenamientos, calzados inapropiados o desconocimiento de técnicas de desactivación o relajación para la vuelta al reposo.  Y por otro lado, los compañeros que ya muestran una alta competencia y experiencia, pueden lesionarse por un exceso de confianza o por marcarse exigencias muy elevadas con una preparación o recuperación mal asimilada.

Pero en este desglose se nos olvida un elemento crucial que nadie nos suele recordar, somos atletas, sí, pero populares. Nuestra práctica deportiva está inmersa en nuestro día a día, en nuestra vida, y como deportistas “no-élite” estamos expuestos a muchos más factores que llevan a la lesión que los atletas profesionales, y en este caso hablo de factores externos al correr,  como por ejemplo los accidentes: domésticos, laborales o producto de la práctica de otros deportes.  También,  de cara a diagnósticos,  esperas, pruebas, intervenciones y recuperaciones, estamos mucho más limitados que los corredores profesionales, estamos expuestos al sistema sanitario y la ausencia de médicos deportivos para agilizar la recuperación y que nos marquen las pautas acertadas  de qué podemos o no podemos hacer.

Normalmente integramos nuestra afición deportiva  con naturalidad  con  eventos laborales, familiares, de amigos, o de pareja, y solemos decir que “el correr” influye positivamente en todas estas áreas. Pero cuando llega la lesión, por el contrario, se nos olvida trazar esta unión o relación y el hecho de que puede afectar  en todas ellas a nuestro carácter, afectividad, percepción de la realidad, ganas de relacionarnos, de divertirnos.

La práctica de nuestro deporte se ha convertido en “nuestra filosofía de vida” y dejar de entrenar y competir, o tener que hacerlo con limitaciones, que no corresponden con nuestras expectativas de rendimiento, puede atacar a  nuestra percepción de competencia, autoestima, estado de ánimo, y solemos actuar en consecuencia, la mayoría de las veces de forma inadecuada. O bien decidimos seguir entrenando como si no hubiera pasado nada, pese a la lesión,  incluso ocultándolo, esperando una cura mágica;  o bien nos alejamos o desentendemos de la práctica deportiva, del club y del ambiente de las carreras, utilizando estrategias inconscientes de evitación o escape. Pues en estos dos tipos de repuestas, a cual más desadaptativa, se nos vuelve a olvidar nuestra condición de populares. Somos corredores porque disfrutamos haciéndolo, la mayoría de las lesiones son transitorias, y las dos posturas son incongruentes con la preservación de una actividad con mucho peso en nuestra vida y que incluso ha modulado nuestra forma de entender el ocio,  identidad y personalidad en muchos casos.

La lesión es un elemento más que debemos naturalizar y compartir con nuestro entorno y compañeros. Hay que reinterpretarlo como un ajuste temporal, como una meta más a superar.  No pensemos que es tiempo perdido, en objetivos a corto o medio plazo no alcanzados, sino como un eslabón en el proceso de nuestra vida deportiva, que normalmente, y de forma independiente a la edad, suele tener diez años de mejora y otros diez de estabilización aunque se haya empezado a correr en edades ya avanzadas. La lesión nos va hacer conocer más a nuestro cuerpo y conocer técnicas y ejercicios para optimizarlo.  Reconocer cuando parar o bajar la exigencia hasta saber el alcance de las lesiones, y no alejarse del grupo, y seguir apoyando a los compañeros,  disfrutar con ellos,  con sus logros, visitarles en entrenamientos y competiciones o hacer de liebre o integrarse en grupos de menor nivel durante la recuperación o la vuelta a la actividad, debiera ser algo natural, incluso enriquecedor, que sin duda nos hará permanecer muchos años orgullosos de nuestro papel en el deporte  y nos hará menos vulnerable a posturas irracionales o extremas que acaban afectando a nuestra imagen de competencia o capacidad de disfrute y de la que mirando atrás podemos arrepentirnos.