«Me hacían bullying«. Sus consecuencias están completamente superadas y el atletismo me ayudó.
He tenido que hacer miles de correcciones y millones de lecturas para terminar este post, pero es que no es una tarea fácil. Voy a enterrar el pasado, voy a cerrar una puerta de mi vida y lo reconfortante es que voy a dar un puñetazo, fuerte, de los que duelen. Un puñetazo a la vida, un puñetazo a mi yo del pasado por no defenderse ni afrontar los problemas como sí los afronto ahora. Y también es un puñetazo, a mi manera, a todas esas personas que me hicieron la vida imposible. Este soy yo, y aunque no te guste, he venido para quedarme, para correr y sobre todo para ser feliz.
Volviendo la vista atrás, era un chaval muy normal, sin inquietudes, gordito, tímido y a quién le gustaba como deporte, el fútbol, más verlo que jugarlo, era un vago «redomao». Esto es como la gallina y el huevo. Nunca sabré si era el blanco de toda burla y agresión por ser así o dichas agresiones provocaron que fuera así. Una cosa está clara, el bullying influyó mucho para encerrarme, para no hacer deporte, para no obtener resultados en los estudios, para llorar hasta que quedarme sin fuerzas y para dormir mal. En definitiva influyó para no querer vivir, para no ser feliz.
Fue muy duro poner la otra mejilla una y otra vez. No tenía fuerza para devolverles los golpes ni para salir corriendo. Además, ya había comprobado que no funcionaba, me cogían en seguida y cuando lo hacían iban con más ganas, con más fuerzas; una causa perdida, contra un ejército de varios Goliats.
Fue muy duro escuchar mofas , incluidas de docentes, por no pronunciar algo correctamente en inglés, o por errar un tiro sin portero cuando me animaba a practicar deporte. Pero me dolió más que nadie me tendiera una mano para levantarme cuando públicamente me tiraron por unas escaleras. En esos casos prefería los capones que me daban cuando se aburrían.
Ahora, que ya han pasado muchos años siento pena, vergüenza, y todos los adjetivos negativos que se os ocurran, al ver en qué se han convertido a día de hoy aquellos animales y pena al ver cómo eran. En el otro lado de la balanza siento orgullo al ver quién soy yo hoy; orgullo de ver cómo salí de aquello. Se podría comparar perfectamente a la sensación de terminar un maratón, invencible, incluso ante el temido Goliat de 42195 metros. Les he perdonado porque me enseñaron a dar ejemplo con hechos, a evitar hacer mal y no tolerar que en mi entorno vuelva a pasar nada parecido.
El yo actual le debe mucho al running que practicaba y al atletismo que practico ahora, diferencia que daría para otro post. Me han dado unos valores muy importantes para apreciar la vida. Valores como la amistad o el tiempo. Es mejor correr bajo la lluvia, con gripe, que lamentarse y amargar a otros, incrustado en el sofá. Es mucho más beneficioso para resolver problemas un rodaje en solitario que una noche de borrachera. Es mucho más importante hacer unos miles a ritmo infernal con los compañeros que anhelar una vida perfecta o satisfacer necesidades afectivas o materiales creadas por la sociedad o el mercado.
Puedo decir sin tapujos que gracias a correr todo tiene un sentido. Me ha dado seguridad y puedo dejar de escapar y evitar situaciones, puedo levantar la voz y decir que la vida merece la pena. Puedo afirmar con total seguridad que me he encontrado conmigo mismo, que soy libre, que me siento en paz. Correr despeja mis dudas, me relaja. Puedo decir bien alto que correr me ha cambiado la vida.
Empecé a correr esporádicamente, ¿os suena? Eran tan sólo 1 o 2 días a la semana y únicamente los meses previos a una carrera, para intentar ganar a una persona muy especial para mí, aunque nunca lo conseguía. El pasado en lo personal no me dejaba avanzar, me aterraba que la historia se repitiera en mi nueva vida, que me alcanzaran y me destrozaran física y mentalmente. Tracé paralelismos, sacando la misma conclusión, me planté y me dije con mucha fuerza y entereza: «Corre o te van a machacar como lo hacían con 15 años».
Me di cuenta que estaba mejorando en todos los sentidos, empecé a perder peso, hice alguna MMP (Mejor Marca Personal), gané confianza y seguridad, dormía muchísimo mejor, y un día gané por pocos segundos a esa persona que tanto me inculcó y me sigue mostrando el amor a la vida y al deporte. Poco a poco me fui convirtiendo en lo que soy, una persona madura, segura, de coraza fuerte, a prueba de golpes y que me puedo quitar cuando quiera.
Seguí corriendo, cada vez lo hacía de forma más asidua y un día descubrí que ¡era feliz! Feliz al prepararme, feliz durante el entrenamiento y, por supuesto, feliz al terminar cada carrera. Todo esto iba propagándose al resto de áreas de mi vida Tengo muy presente, que el camino importa más que la meta en sí misma. Antes, al despertar, solo deseaba con terminar cuanto antes, clases, trabajo y demás obligaciones, sin más, y ahora deseo, con todas mis fuerzas, que lleguen las 20:00 y repetir una y otra vez un ejercicio. Curioso, ¿no?
Descubrí Club Corredores y que había gente igual o más feliz que yo, gente apasionada por correr, gente con valores, con historias de superación muchísimo mayores que la mía y mi falta de confianza. Poco a poco se han ido convirtiendo en una pieza clave en mi vida, buena gente, buenos amigos.
¿Qué más puedo pedir? ¡Ah sí! Correr más y correr más rápido, junto a ellos, junto a vosotros.
No busques la firma para saber quién soy, no quiero reconocimientos ni palabras de aliento, no soy un héroe. No os daré muchas más explicaciones ni detalles. Lo único que quiero es correr contigo, que me pongas tu nombre si te sientes identificado. Y que pienses que hay probablemente mil historias de lucha por los sueños cada vez que mires a un compañero a los ojos. Disfruta soñando, disfruta corriendo. Siento que esto no es sólo un club, ni esto simplemente un deporte, sino una forma de conseguir el arma más poderosa, la felicidad.
Gracias.
Anónimo